jueves, 7 de febrero de 2013

Cantos de sirena

Se oían sirenas de fondo, como un murmullo. Le hubiese gustado decir que ese sonido eran cánticos pero esas sirenas no eran de las que estaban recubiertas por escamas. Ni se humedecían los labios antes de sonreír maliciosas. Aún así, las escuchaba. No resultaba raro pensar en ellas teniendo en cuenta que se estaba ahogando. Tumbada en una fría superficie, iba contando de cabeza el tiempo que le quedaba hasta que ese mar de tristezas la cubriera del todo.
 Las dudas le preguntaban si sabía nadar, a lo que a ella con toda certeza les respondía que no quería hacerlo. Se dejaría arrastrar por el fluir de la existencia, hasta quedarse en lo más profundo de esta. Porque no hacía falta estar rodeada de agua para morir ahogada. Sería como la vida de una lágrima, muriendo en lugares secos, fríos y sólidos. O como una gota de lluvia, que se dirige kamikaze a su destino. Nadie la salvaría. Era de las que creía qué ser salvada era la forma más rápida de morir que había. Sus palabras dictaban sentencia y sus actos cumplían con la condena.
Se sacudió la lluvia de entre las pestañas y abrió los ojos, una vez más. El azul de su mar se había convertido en un nublado día de otoño. Y con un cielo gris en su mirada, se despidió de todo aquello.
Estaba preparada. Sin despedidas, sin notas de suicidio, sin disculpas ni lamentaciones. Sólo, ella. Su cuerpo y su recuerdo. Los restos del naufragio.
Se acercaba el momento, las penas ya le presionaban los pulmones. La pesada broma llegaba a su fin. Fue entonces cuando un oleaje de recuerdos la envolvió. Haciéndola recordar los labios de esa mujer-niña, acompañada de sus ojos rasgados y su mirada felina. Recordando también que vio como las personas pueden herir hasta matar o simplemente, dejarse morir. Comprendió que los triángulos son las figuras más peligrosas que habían y con sus bordes, infectaban las heridas que ellos mismos causaban. Hizo un repaso de todo lo vivido; ella que había vivido poco y mal, se sorprendió de tener algo que recordar. Ella, que vio a la muerte envolver con sus alas a una de las mujeres a las que más quiso. Ella, a la que le mordió la tristeza en los labios hasta hacerla sangrar. También fue ella la que supo que era beber hasta quedar inconsciente. Y clavarse los cristales de la botella para ver si así sentía algo distinto. Ella, que fue quién dejó a alguien esperando también supo lo que era ser la que espera. Que las tramas no son mejor que los desenlaces, si estos no incluían a otro cuerpo al que agarrarse. Ella, que con veinte años ya había muerto cien veces sin saber vivir ni una.
De fondo, se oían sirenas. Y los camilleros corrían por en medio de la calzada.
 No para salvar a la musa, sino al poeta...

miércoles, 30 de enero de 2013

Belleza mayúscula

Me encanta (re)correr(me) descalza por las orillas de tu cuerpo en invierno. El frío me atraviesa de pies a cabeza, y se acomoda en el corazón. Como si fuera una estación. Una sala de espera. Pero casi ni lo noto, el frío anestesia todo lo que me hace humana. Y eso me parece algo tan cruel que termina por excitarme. Tanto que me vuelvo oleaje, con la suficiente fuerza como para golpearte una y otra vez en las costillas. Que son como rocas, erosionadas y maltratadas por el paso de los años. Y los daños, que aunque se alivian nunca se olvidan. 
Siempre me gustó el mar, incluso antes de saber que este a veces tiene nombre de mujer. Aunque, jamás entenderé el motivo de porqué los amantes escriben sus nombres en la corteza de un árbol y no sobre las rocas que hay a los pies de cada acantilado. Supongo que no hay mejor símbolo de eternidad que una cicatriz. O quizás, es que, no todos los ojos están hechos para poder observar la belleza cuando es líquida. Cuando no tiene curvas con las que matarse. Ni tablas a las que agarrarse. Parece que la belleza deja de existir.
Pero debes saber algo pequeña belleza mayúscula, deseo sumergirme en tus profundidades. Sin importar ahogarme. Deseo perderme en ese Triángulo de las Bermudas que tienes entre las piernas y apuntarte con la lengua. Quiero ver como esperas recibir la bala de mis labios. Y con ellos, un orgasmo que convierta todas tus escamas en alas. Deseo atravesarte con un arpón ballenero, tan sólo, por la satisfacción que produce saber que nadie más lo habrá hecho. Y créeme, no hablo de romperte el corazón. Pero si quizás de desnudarte y comerte entera. Siempre me gustó el sushi. 

Y tú, tal vez lo desees también. O, no sé. Tampoco importa ya, con el agua al cuello y tus brazos rodeándome la cintura. 




miércoles, 23 de enero de 2013

Ingeniería emocional a los píes de su cama

Entre sus ventrículos construyó puentes,
de mármol blanco y ladrillos rojos.
Con la esperanza, de quién no espera nada,
a que alguien se atreviera a cruzarlos.
Estaba todo pensado,
y las posibilidades de su lado.
A riesgo de perderse,
los latidos eran los que marcaban el camino.
De las clavículas al ventrículo derecho.
Todo recto y sin desviaciones.
Porque no todos los caminos 
son de baldosas amarillas,
ni llevan a Roma.
Pero aún así, 
merecen la pena ser recorridos.
Ella, curva entre rectas.
Está hecha para que se escriba poesía 
en sus muros.
Y, en descenso.
Quizás haya destinos
que no se anuncien en las guías,
que no estén hechos para encontrarse. 
Sino para perderse.
Quizás aún existan lugares en los que no se admiten turistas.
Su corazón fue diseñado para estancias largas.
Sin importar las distancias.
Que no se trata de un corazón coraza.
Se humedece con cada nota de piano.
Se ahoga con cada río de tinta,
que lleva su nombre.
Se desnuda como si la deshojaran.
Ella, es una calle poco transitada. 
Una desviación. 
Un hueco en tu pecho.
Una musa en la cama,
del violinista en el tejado. 
Un precipicio. 
Una caída.
Un cruce de miradas.
Un semáforo en ámbar,
y un par de labios que resbalan.
Entre piernas que se enredan.
Que hechizan,
sin truco. 
Pero, con mucha magia.
Ingeniería emocional,
a los píes de su cama.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Quiero llenarte de primavera

Deshójame el corazón como si no estuviese recubierto por alambre de espino y ramas secas. Deshójame la piel como si las ganas no te dejasen respirar. Deshójame como si las lágrimas te quemaran. Deshójame las cicatrices sin miedo a mancharte de tristeza. Deshójame con susurros. Deshójame entre las promesas que nos hicimos. Deshójame los labios con tu boca. Deshójame antes de que me astille los dedos, en viejas barras de bar. Deshójame después de hacerte el amor. Deshójame con palabras y anhelos. Deshójame como si yo fuese el pintor. Y tu la musa. Deshójame cuando te humedezca los muslos. Deshójame con la eternidad entre los dientes. Deshójame llena de vida. Deshójame lento. Deshójame a modo de homicidio. O en forma de suicidio. Deshójame las flores de mi jardín. Deshójame con uñas y besos. Deshójame para no marchitarnos.

Pero sobretodo, deshójame por el resto de tus días.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Entre tus costillas

                       
"La definiría como a la Italia del Siglo XV.Ella es como era entonces esa Florencia engalanada, bella hasta doler"

Le sentaba tan bien la luz de las velas en medio de toda esa oscuridad que no pude decidir si quería dormirme observándola, o no volver a conciliar el sueño jamás; con la esperanza de que esa imagen se dilatase en el tiempo y en mis retinas.
Esa noche las dos buscábamos algo eterno. Nos buscábamos. Las cosquillas y las tristezas. Las cicatrices y las heridas abiertas. Con los ojos cerrados. Las piernas abiertas.
Dos miradas bastaron para enredarme entre sus huesos. Sin agujas de plata ni cordeles de seda me cosí a su piel; apreté con fuerza los hilos, esperando a que se convirtiesen en cadenas. Hasta que doliera.
Ella. Yo. Y una lluvia de pequeños destellos entre las dos.
El peso oprimiéndome el pecho, latidos como balas en la sien y sus palabras, suaves y razonadas. Amontonándose en mis oídos. Aglomerándose en los ventrículos impidiendo que mi corazón continuase bombeando sangre.
Algo dentro de mí se paralizo. Sus palabras me encañonaron el pecho, disparando a quemarropa; me arrojó un "perdón" entre las clavículas, golpeando a un corazón desarmado. Aliviando así, la sed de mis fantasmas. Que en noches como esa más que espectros eran temores encarnados. El temor producido por sus manos acariciándome los errores pasados. Las ganas. De. Y después el llanto.
Las velas se habían ido apagando. Consumidas por el calor de nuestros cuerpos y una noche oscura. Tú ibas cerrando los ojos y yo, me iba encerrando entre los huesos de tus costillas. Refugiarme en ti, inundarte el corazón de lágrimas sin que te desveles.
Partirme en dos, y darte una mitad. A sabiendas de que te pertenecen las dos.
Empapadas en llantos, sudor y risas; abrazarme a ti y seguir con el resto de nuestra vida.




sábado, 3 de noviembre de 2012

Los versos robados de Shakespeare

¿Alguna vez te has preguntado si los ciegos sueñan? Probablemente nunca lo has hecho. Pero sí, una persona ciega sueña. Sueña con sonidos, con olores e incluso con recuerdos.
Por eso creo que está noche voy a quitarme la cuenca de mis ojos, hoy ni azules ni morados, dejaré que me ciegue tu luz por unas horas. Y que me invadan los recuerdos en forma de sueños, desatándose todos ellos alrededor de mi cama. Por encima de mi almohada unos andarán y otros se posarán en mis oídos para hablarme de ti y del placer que, a veces, es un recuerdo.


Me hablarán de esa niña que se enamoró de unos ojos tristes, me hablarán de esa mujer que es hoy. De sus manos y de como sus dedos se pasean por mi espalda. Y de como su voz, desnuda cada palabra con su dulce entonación. Solamente ella, esclava y señora de las palabras, es capaz de desdoblar cada letra de cada frase para arroparme en las frías noches.


Baudelaire y Nabokov, se convierten en sus sastres, ellos crean lo que se le antoja a la mujer niña. Ella, sólo diseña versos con la finalidad de hilvanarlos a la piel de su amada. A mi piel. Me envuelve en letras y sensaciones inconfesables. Enciende mi deseo y mis ganas de amar.

Esa mujer niña, hace que me quite los ojos para que sus recuerdos tengan un lugar donde adherirse cada día. La sensación de sus labios al rozarme, provoca un cortocircuito en mi pecho; dejándolo así entre abierto para que esa dama ya mujer, se sirva por sí sola.

Al igual que un mini-bar mi cuerpo se abre a Ella para que se de un festín, una barra libre de emociones mezcladas con hielo.

Para esa Dama que hace que mis sueños sean tan tangibles, que cada mirada se haga pasto de mis más intensas fantasías...

 Para Ella, mis sueños no entienden de límites.

                                             

En la cuenca de mis ojos cada día la espero cuando distancia se interpone entre nuestros cuerpos. Y menos mal, que es sólo eso.

miércoles, 31 de octubre de 2012

De mantas y amantes...

Los primeros rayos de luz se empiezan a colar por la persiana. La mañana empieza a envolvernos y con ella el frío. Esa frialdad okupa, que te recorre de píes a cabeza para acabar alojándose en algún lugar del pecho. Respiro. Y dejo que la helada me invada...
La oscuridad aún permanece suspendida en el aire, impasible, casi estática. Veo las motas de polvo flotando en el ambiente, las risas de a penas hace unas horas, el aroma de sus besos y algún que otro sollozo ahogado. Pequeños detalles que conforman una fragilidad compartida. Cuanto esconde está penumbra. Cuanto, escondemos bajo estás mantas.
Duerme a pocos centímetros de mi, inocente y con la respiración pausada. Cómo si nunca se hubiera precipitado contra mis labios de forma casi inconsciente. Rozábamos casi lo irracional, asomándonos cada noche al abismo como si fuésemos eternas. Libres de toda culpa, de todo pensamiento. Mil dudas aparecían, cientos de miedos lo intentaron pero vi como uno por uno acababan muriendo entre nuestras piernas entrelazadas. Bajo las mantas.
Le acaricio los hombros, me deslizo hasta su mejilla y observo como abre los ojos. Sonríe y yo, me impaciento por un beso. Vuelvo a sentir esa intensidad que me oprime el pecho, es la certeza que me dice que soy suya; mi dulce condena de ojos rasgados ¡Despierta! Bésame y desayunémonos despacio, como si este momento fuese el último. El único. Nuestro. Porque pueden haber otras caras, otros cuerpos y otras mentes entre las sábanas pero jamas se asemejaran a esto que tenemos en este preciso instante. Adictas a una mutua destrucción, salvadas por unos sentimientos tan fuertes como devastadores, unidas por cicatrices que son como puentes.
Ahora, cierra los ojos; me agarra fuerte de la cintura y me cubre la cabeza con el edredón. A modo de crisálida, es esto lo que nos protege. Nos respiramos. Y empezamos adentrarnos en una maraña de sueños, lugares que huelen a nuevo, cáusticos sabores, vestidos de flores, cafés, palomitas y la promesa de no volver a perdernos, en esta vida. No queremos ver la luz al final del túnel, no necesitamos un más allá. 
Sólo esto, un aquí, un ahora; sin pedirnos nada a cambio. Sé que soy tu amante preferida y quizás hoy, pueda confesarte cuantas horas le debo a tu cama. O tal vez, prefiera seguir siendo eterna unos minutos más.

Dejándome llevar por estos placeres que aunque, a veces, nos desgarren los costados; inevitablemente nos arrastran.